Sin Vosotros Esto Sería Imposible

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lunes, 26 de diciembre de 2016

La Calle De La Vida

La calle donde nací se llamaba "de la vida". Es una calle con dos aceras, como otra cualquiera, una acera para los números pares y otra para los impares; en apariencia nada la diferencia de otras calles pero al ir por ella te podrás dar cuenta de que no es una calle más. En la calle "de la vida", en el lado de los pares, los niños, desde muy pequeños, venden todo tipo de drogas a personas desconocidas; en el lado de los impares, los travestís, los maricones, las putas viejas sin chulo, y las putas jóvenes con sus chulos, venden todo tipo de placeres al mejor postor. Como suele ocurrir con los que duermen en el mismo colchón, una vez cada poco tiempo, estos se vuelven de la misma condición y se juntan para ofrecer las innovadoras "ofertas" tales como que "con un polvo te regalamos un porro".

Yo vivía en el tercero B del número 24 de la calle "de la vida". Mi madre, para mantener la economía de la familia sin tener que frecuentar la acera de los impares, fregaba los portales de toda la calle y tres tardes a la semana iba a coser ropa de una "señora de bien". Mi padre, por el contrario, hacía negocios con los bares de la calle y cuando volvía a casa después de sus "duras" reuniones se entrenaba como boxeador; no medía sus fuerzas en un cuadrilátero ante un adversario de su tamaño, su cuadrilátero era la cocina y otras partes de nuestra casa, su oponente, el frágil cuerpo de mi madre y su cinturón de campeón era la sangre que posteriormente sus hijos tenían que limpiar mientras él sonreía triunfante, tanto que parecía que había derrotado a un fiero dragón o le hubiera tocado el "gordo de navidad".

Éramos tres hermanos: Andrew, Ernesto y yo, la menor y la única chica. Mi padre obligó a mis dos hermanos desde una edad muy temprana a traer dinero a casa trabajando en la acera de los pares. Les mandaba a jugar con la muerte en forma de droga a cambio de unas monedas que este malgastaba posteriormente en la acera de los impares. 
Andrew enseguida se dio cuenta de que aquello era muy peligroso pero en cambio Ernesto... Ernesto acababa de cumplir los catorce años cuando le encontré una mañana, sin vida, en el suelo de nuestro cuarto de baño con una jeringuilla clavada en el brazo izquierdo y montones de espuma que le salía por la boca.

No habíamos terminado de enterrar a nuestro hermano cuando Andrew me dijo:

- ¡Maldita sea esta calle! Quiero que escuches lo que te voy a decir con especial atención. En esta calle uno nace para ir muriendo lentamente y yo quiero vivir, si paso un día más por la acera de los pares terminaré donde está nuestro hermano ahora, ¡bajo tierra!. No sé si me entiendes o si serás capaz de hacerlo alguna vez pero he de salir de aquí y lamento no poder llevarte conmigo. Prométeme que cuando tengas una sola oportunidad escaparás, prométeme que cuando te vayas no vas a volver pase lo que pase, pero sobre todo, prométeme que nunca vas a caminar por la acera de los impares.

Andrew tenía dieciséis años. Aquella noche se marchó y ni yo ni nadie ha vuelto a saber nada más de él. Fue valiente e hizo lo que todos en la calle "de la vida" deberíamos hacer, salir, arriesgar, vivir y atrevernos a tener la vida y la "calle" que nosotros mismos decidamos.

En el tercero del número 24 de la calle "de la vida" nos quedamos los tres. Mi padre siguió con sus negocios de la bebida y gastando el poco dinero que mi madre traía con las putas de la acera de los impares. Mi madre siguió fregando, cosiendo y recibiendo una paliza tras otra. Yo... intenté sobrevivir en aquel infierno, esperando, como me dijo mi hermano, una oportunidad para salir de allí.

El tiempo seguía pasando, unas veces ,más deprisa, otras más despacio. Mis piernas empezaron a alargarse de tal manera que mi madre no paraba de añadir tela a mis vestidos. Empezaron a desarrollarse mis pechos de mujer; una mañana, sin saber por qué mi cuerpo sangró. Madre e hija tuvimos unas de esas conversaciones que sólo se tienen una vez entre las madres y las hijas; me explicó que pasara lo que pasara debía mantener mi desarrollo lejos de los ojos de mi padre, no hice muchas preguntas del por qué ya que la respuesta era obvia y a mí realmente me aterraba la idea.

Al principio fue fácil ocultar que estaba dejando de ser una niña; a medida que pasaba el tiempo, fue haciéndose más difícil. Cuanto más amplios eran los vestidos que mi madre me cosía, menos podía esconder lo mucho que estaba cambiando mi cuerpo. 
Las demás niñas de la calle presumían de sus pechos, haciendo apuestas por ver quién los tenía más grandes. Yo obedeciendo a mi madre aprendí a enrollar un trozo de tela alrededor del cuerpo para ocultar la hermosura de mis pechos; lo cual me acarreaba soportar las burlas de las demás y sus risas al decir que jamás se enamoraría de mí ningún chico porque mis pechos seguían siendo demasiado pequeños como para que ningún hombre mostrase interés por ellos. En silencio aguantaba las tonterías de las demás, y me preguntaba por qué mi padre iba a reparar de repente en mí si parecía que no existía para él.

Una tarde, de las que mi madre iba a coser, encontré la respuesta a mi pregunta. Mi padre me llamó desde la cocina; estaba sentado en la banqueta, con una lata de cerveza en una mano y un cigarrillo a medio consumir en la otra. 
Me mandó desnudarme y me quedé quieta sin saber qué hacer. Al ver que no me movía dio un puñetazo sobre la mesa para ver si yo reaccionaba y me gritó que si no lo hacía me daría una paliza de muerte y me acabaría desnudando él.
Yo empecé a desnudarme despacio, llena de miedo y sollozando, cuando terminé estuvo un rato mirándome. Se levantó empujándome violentamente contra la pared y puso su cuerpo contra el mío a la par que me agarraba de las manos de tal manera que apenas me podía mover. Acto seguido empezó a tocarme los pechos mientras me preguntaba entre gritos si alguna vez me los había tocado algún hombre; luego poniendo su mano, ahí mismo, en mi parte más íntima, me preguntó si había dejado entrar la polla de un hombre en mi coño. Yo seguía temblando, y creo que en ese momento me oriné, pero él no lo notó. Después frotó su cuerpo contra el mío y me dijo muy cerca del oído, casi susurrando:

- Nunca te imaginabas que a tu padre se la podías poner dura, ¿eh?.

Después empezó a reírse y me soltó. Yo seguía allí quieta, paralizada, él se volvió de nuevo hacia mí y siguió diciéndome:

- No creas que voy a metértela, lo que tienes entre las piernas vale mucho dinero, la zorra de tu madre bien que lo sabe y por eso te lo ha estado cuidando, para que yo pueda sacar tajada. Y no, no tengas miedo, no voy a metértela porque desflorada no valdrías nada, además cuando la tengo dura me sobran coños para follar, ¿o te crees que el tuyo es el único que vale? - sonrió.

Él se apartó de mi lado y me dijo que no me moviera, al momento volvió con una caja de la que sacó un vestido rojo muy escotado, unas medias negras y unos zapatos de tacón fino. Me mandó vestirme con aquella ropa, cuando terminé me dijo:

- Cuando venga tu madre, y si te has portado bien, puede que le de dinero para que se compre un vestido nuevo.

Yo tenía quince años y no había tenido ninguna oportunidad para escapar. Aquella tarde caminé del brazo de mi padre, por primera vez, por la calle "de la vida".

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